Nunca había estado tan cerca de una oveja. Tras una alambrada, sobre el camino carretero por donde paseaba aquella mañana, lo había observado fijamente, dejando de pastar.
Desde allí arriba, aquel rostro intimidatorio le hizo bajar la cabeza dos o tres veces. La curiosidad lo había obligado a volver a mirar, en inferioridad de perspectiva, aquello que lo aterrorizaba.
Recordándolo, dio unos pasos silenciosos por la sala. Los altavoces tambaleaban, y no le hacía falta, pero de la misma forma que nunca llevaba nada chillón, ni hablaba demasiado alto, siempre había andado sin hacer ruido.
Se sentó en su rincón de barra, un refugio desde donde todos los que entraban le daban la espalda, y que le permitía controlar buena parte de la pista de baile.
Era temprano, la gente apenas empezaba a llegar en pequeños grupos. Después entrarían de más grandes, provenientes de cenas de clase, celebraciones, o de otros bares donde se formaban antes de salir.
Con el tiquet de entrada pidió un Malibú con piña.
Mientras esperaba, le pareció ver una cabeza de oveja en una botella de licor, y por un momento dejó de respirar. Pero al enfocar mejor, en la etiqueta apareció un marinero con barba. Deshinchó los pulmones, descansando sobre la barra.
El camarero le trajo el cubata y se agarró al vaso ávidamente, preguntándose cómo podía un herbívoro conseguir una cara tan maligna.
Entonces, al segundo sorbo, cuando estaba masticando un cubito, oyó unos gritos justo detrás suyo y se giró.
Un magrebí señalaba, con el dedo rígido, al segurata de la entrada. Con sus zapatos nuevos, un polo verde y unos tejanos, preparado para una buena noche dando unas vueltas, había topado con un portero-filtro de personas non gratas para el establecimiento.
El guardia se tomaba sus insultos en coña irónica y prepotencia, hasta que el magrebí, humillado, intentó enviarle un puño a la cara. Entonces lo esquivó y lo estrelló contra el suelo de un empujón.
Panzas pensó en levantarse, pero era incapaz de moverse para ayudar a aquel moro sin posibilidades.
Enseguida desembarcaron los nacionales, que habían sido avisados hacía rato. Entre gritos y silbidos, provenientes de la incipiente cola, se lo llevaron.
No tenía los papeles en regla, y el propietario del local, que había surgido de su despacho, intentó esgrimir este hecho como prueba a posteriori de la correcta actuación del servicio de seguridad. Se le pidieron explicaciones sobre qué criterios utilizaban para aplicar el derecho de admisión, y a todo esto volvió a las profundidades cavernícolas, dejando a dos bestias haciendo su trabajo.
Panzas se volvió de nuevo, girando el taburete sobre su eje, y se imaginó haciéndole unas llaves. Sin darse cuenta, movía los brazos a cada puñetazo, y golpeaba con el pie derecho, a cada patada, las baldosas de la barra. Al final, todo el mundo lo felicitaba, algunos lo invitaban y él aceptaba orgulloso, y arrogante.
Sonreía hacia nadie cuando bajó.
Entonces dio un sorbo para disimular una ojeada a su alrededor, por si lo habían visto deleitarse, e intentó no hacer ruido al dejar el vaso en la barra.
Ferran Cerdans Serra, 2000
Traducción del original en catalán ("panxa")publicado en la recopilación de cuentos del autor "Revolta Alcalina" el Marzo de 2001.
Publicado en el periódico Gara el 17/04/2000. Ilustración de TASIO.

