Tenía que conseguir llegar a la oficina inmediatamente. Ya habían pasado los veinte minutos del desayuno y la puerta de la calle, al final del pasadizo, se estaba abriendo. Sus compañeros volvían al trabajo.
Pero el fluorescente que brillaba en el techo continuaba atrayéndolo como a una mosca. Truski, despavorido, se arrimaba impotente a la pared, con el bocadillo aún en las manos.
Un lunes más, se prometía dejar las rulas. No sólo eso, que entonces le parecía poco: Se compraría un harmónica y se haría miembro de un centro excursionista.
El día que se reventó un tímpano, un entonces cercano pero ya no recordado domingo, se había hecho unos juramentos parecidos. Pero al jueves siguiente, ya tenía llena la bolsa de las chucherías: Cuatro pirulas, dos Panoramix, un gramo de farla y dos de ful. Y es que con el tímpano estropeado podía bailar igualmente, sólo hacía falta ir con cuidado y no meter la cabeza en ningún bafle.
Pero esta vez era muy diferente. Se había levantado con los nervios zarandeándose, cuatro horas después de llegar a casa. Como un autómata, se había dirigido a la cocina, donde había descongelado una xapata en el microondas. Al cortarla saltaron algunas migas, que recogió. La mayoría se le engancharon en las babas que rodeaban sus labios, y las fue pescando con la lengua.
De mientras, había pasado por el garaje, buscando alguna cosa. No se acordó de qué. Se había quedado bastante rato pensando, hasta revolviendo la caja de herramientas y algunas estanterías. Pero no consiguió adivinar qué había bajado a hacer allí.
Había vuelto a la cocina y terminado el bocata con medio tomate maduro, sal, un chorro de aceite y una salchicha.
Esto era todo lo que recordaba bajo el fluorescente, arrapado a la pared, restregándola para avanzar unos centímetros, luchando baldosa por baldosa.
Hacía unos momentos que había salido a la calle, solo, con su almuerzo frío. Se había sentado en la misma acera que la mayor parte del personal, pero veinte metros más para allá. No se atrevía a hablar con nadie, como no lo había hecho en toda la mañana pasando facturas, y tampoco quería que lo vieran en aquel estado.
Había empezado a morder ya con dificultades, primero de todo casi se mete el corrusco en el ojo. Después intentó arrancar un trozo de pan con salchicha, pero estaba anormalmente dura. Fue entonces cuando, sorprendido, al abrir el bocata se encontró con una magnífica llave inglesa.
Ferran Cerdans Serra, 2000
Publicado en el periódico Gara el 16/04/2000. Ilustración de TASIO.

